Recogiendo la idea que se presenta en el anterior título, se propone la pregunta ¿Qué comportamientos, cogniciones y emociones pueden derivarse de algunas de las músicas que hoy se escuchan en determinados territorios de la zona rural del Sur del Cauca?
Grosso modo, desde la perspectiva de la psicología Jungiana, lo constelante hace referencia a la capacidad que tienen determinados contenidos psíquicos de revestirse emocionalmente y de determinar, debido a esta carga afectiva, la vida consciente de las personas.
Un análisis categorial simple basado en el análisis sintáctico6 sobre una popular canción que suele escucharse en estas zonas, puede esclarecer los imperativos que se encuentran inmersos en el paisaje sonoro en que los corridos prohibidos se han vuelto protagonistas: “me llaman el hijo de la coca/y que conmigo no se vayan a meter” (ver tabla 1).
“A mí me llaman el hijo de la coca” corresponde al fragmento de la canción “Hijo de la Coca” del cantante y compositor de corridos colombianos, Uriel Henao. Sus composiciones no solo hablan del narcotráfico, sino también de la violencia sociopolítica del país. “Hijo de la coca”, junto a otras canciones, es una de las interpretaciones que más se reproduce en las cantinas y ferias de algunos pueblos y veredas del sur del Departamento del Cauca. Su historia narra los sufrimientos de un niño, víctima de la violencia por narcotráfico, quien, sin embargo, logra posicionarse al interior de este mundo, inspirando temor y respeto entre quienes le acompañan. Si bien en el repertorio musical de cantinas y bares de la zona hay otras canciones que se reproducen de manera frecuente, esta canción llama la atención por la emoción que genera tanto a la hora de escucharse como a la hora de corearse y cantarse.
El análisis categorial sintáctico según Bardín (1996) “es una operación de clasificación de elementos constitutivos de un conjunto por diferenciación [...] Las categorías son secciones o clases que reúnen un grupo de elementos” (p. 90). Cuando los criterios de categorización de los elementos del conjunto son verbos, adjetivos, etc., es decir, elementos sintácticos, se trata de un análisis categorial sintáctico. En el proceso, como se intenta hacer de manera simplificada en la tabla 1 y en su interpretación, es necesario, siguiendo a Bardín, realizar los procesos de “inventario: aislar los elementos” y “clasificación: distribuir los elementos, y consiguientemente buscar o imponer a los mensajes una cierta organización” (p.91)
A continuación se presentan algunos hallazgos resultados de este análisis: De manera general, se trata de una oración compuesta por dos proposiciones complementarias que, entre otras cosas, presentan unas formas nominales del sujeto a la vez que unas cualidades circunscritas y reafirmantes de esa forma de nominación.
En el primer caso, se trata de una proposición enunciativa que informa o pregona la manera como se designa al sujeto, convirtiendo a la actividad económica (trabajo con la coca) en el principal adjetivo. Al ser una oración transitiva, pone especial énfasis en el sujeto, quién, sin embargo, se enuncia solo después de la acción de llamar-nombrar que ejerce un tercero.
En el segundo caso, se trata de una oración subordinada sustantiva que depende de la oración “me llaman el hijo de la coca” y que complementa su sentido en tanto reafirma una cualidad del sujeto derivada de la enunciación de la primera (si soy el hijo de la coca, conmigo no se vayan a meter). Ahora bien, esta cualidad, al estar expresada como subjuntivo (vayan a meter), no se manifiesta a manera de realidad dada, sino de deseo, posibilidad o amenaza. Este último fragmento podría designar el deseo de hostilidad que se espera caracterice al yo y que, sin embargo, solo es posible después de la nominación que hace una tercera persona en la primera proposición.
En síntesis, propone a un hombre que se nombra a sí mismo solo en relación con su trabajo alrededor de la coca y que en esa identificación asume una postura de hostilidad que, empero, es real siempre que se anuncie a los otros y sea reconocida por ellos. En conclusión, una suerte de construcción discursiva de sí mismo y de reafirmación del yo alrededor del narcotráfico y la violencia.
Este discurso, como lo denuncia Fernández (2022) en su artículo de investigación sobre “aproximaciones al consumo cultural hacia las músicas ligadas al narcotráfico y sus personajes”, no solo busca reflejar la realidad social, sino que, a su vez, tiene un potencial gigante de presentar “construcciones imaginadas que son asumidas por quienes los consumen como parte del disfrute y las formas de convivencia entre las y los individuos” (p.85).
Estos mensajes manifiestos, sumados a otros elementos estéticos propios de la narcoestética en los que -en el plano sonoro-, justamente, se exalta “lo grande, lo ruidoso, lo estridente” y "la música a todo hora y todo volumen” (Cadavid-Piedrahita, Cadavid-Piedrahita, & Henao-Castro, 2025) componen, con sus implicaciones, el paisaje sonoro en las otrora zonas rurales cargadas de sonidos naturales, humanos, sociales, culturales e industriales que se entremezclaban entre sí.
En este paisaje sonoro, parafraseando a Gonzales-Ortega (2015) , se configuran nuevas estéticas y éticas de vida de las personas que habitan algunos de los territorios del Sur del Cauca.